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Desde Clarín. com: La delicada misión de cuidar dragones y pumas

El cronista con un dragón barbudo

Por un día, un cronista de Clarín fue al bioparque Temaikén en Escobar y se puso en la piel de los cuidadores de los animales. // Autor: Federico Ladrón de Guevara - Fuente: http://www.clarin.com - Fotos Ruben Digilio

No es Goity, Morete ni Rodríguez. El puma al que le estoy acariciando la cola se llama Maggie. Es una hembra, en realidad. Un felino cariñoso, dócil, con ojos encantadores, fascinantes.

Frente a Maggie está Mau, otra hembra, rescatada en septiembre de 2015 mientras caminaba por las calles de Pilar. Cuando los vecinos la vieron y llamaron a la Policía, Mau llevaba puesto un collar, señal de que algún delirante con aires de Daktari la tenía como mascota en su casa.


Más allá, y no menos relajadas, descansan Lisa, Chumba y Yaco, el único macho de estos animales que fueron alojados en la Fundación Temaikén, en Escobar.

“En los últimos años, en nuestra Fundación recibimos 8.000 animales afectados por problemas ambientales o víctimas del tráfico ilegal. De ese total, más de 3.000 pudieron volver a su lugar natural”, me explica Julieta, del departamento de comunicación del bioparque, orgullosa y muy comprometida con la causa.

Maggie, uno de los 5 pumas recuperados

Ahora llega el momento de alimentar a los pumas. En rol de “cuidador por un día”, me acerco otra vez a Maggie, que se mueve en su “recinto” de lado a lado. A través de una reja, y con una pinza, le doy pedacitos de carne. Maggie abre bien grande la boca, muestra los colmillos, muerde y traga. Quiere más. Le doy otra porción de carne. Siento adrenalina. Lo más cerca que estuve en mi vida de esta clase de intercambios fue cuando le cambié los platitos de agua y leche a Coki, la adorable gata de mi mujer que, con el tiempo, también terminó siendo mía.

“¿Querés ver cómo los pumas se pasean por el parque?”, me pregunta Martín, uno de los cuidadores profesionales, que para “aprobar o desaprobar” los movimientos de los felinos utiliza un silbato. “Sí, claro”, le respondo. Salimos. Lisa y Maggie, cuyos nombres deben haber sido puestos por algún admirador de Los Simpson, caminan entre los pastizales. Rubén Digilio, el fotógrafo que me acompaña, se sube a una especie de roca para tomar imágenes. Le sobra coraje. No teme convertirse en el postre de Lisa y Maggie, una transformación con altas chances de concretarse si el hombre de la cámara resbala y cae.

Acaloradas, Lisa y Maggie se recuestan bajo un árbol. La sombra perjudica el trabajo de Rubén. Entonces, para que salgan de esa zona algo oscura, el fotógrafo les grita varias veces: “¡Lisa!, ¡Maggie!”. Los animales no se mueven. El cuidador se divierte. Y nos recuerda entre risas: “Son pumas, no perros”.

La recorrida incluye una visita a la nursery del “hospital veterinario”, un lugar con tecnología de avanzada, que nada tiene que envidiarles a los sanatorios a los que se accede con carnet de Medicus o de Osde. Allí, dos simpáticos monitos mirikiná me miran con intriga a través de la puerta de vidrio. Es lógico: con mi camisa y pantalón de grafa beige, más que Indiana Jones parezco un plomero. “A estos monitos los tenían como mascotas en dos casas de Buenos Aires”, me explica Belén, encargada del lugar. “Estaban desnutridos”, agrega.


En la habitación de al lado, una iguana de colores estridentes reposa sobre un tronco. Es, queda a la vista, un reptil siestero, con menos afición al movimiento que las estatuas vivientes de Plaza Francia. “Después de un año y medio de tratamiento hemos logrado estabilizarla”, sigue Belén. Además de estabilizada, la veo igualita a Iggy Pop.

Los pumas en su espacio de paseo

Pasamos a otra sala. “Para prevenir infecciones”, según me explica Belén, me pongo un barbijo y guantes de látex. Hay una tortuga, una araña grande como un cangrejo y un dragón barbudo. Belén me pide que lo levante. Lo hago. Ahí comprendo por qué el dragón se llama de esa manera: tiene una barba tupida, casi hipster, como la de Leo Ponzio o Nicolás Otamendi. “La encontramos con la piel muy dañada”, me muestra Belén. “Por eso, para que se cure, le hacemos baños de inmersión con agua tibia”.

Algunos metros hacia el fondo, y mientras salta de rama en rama, me recibe un mono carayá, que cuando aúlla emite un sonido grave, penetrante, como si fuera un lavarropas automático a punto de terminar su tarea. “Este mono, el primate más grande de América, también estaba en una casa. Y le daban lasagna y Coca Cola!”, se enoja Belén. ¿Cuáles son los animales que pueden ser mascotas?, le pregunto a Julieta. “Los perros, los gatos y los canarios de criadero”.

Guacamayos: otra especie protegida

La visita continúa por el “parque de aves”. Como señalan los carteles, “hay ejemplares de África, Asia, Oceanía y América”. Me detengo frente a un loro. “¿Es bueno con las imitaciones?”, interrogo, como si me acabara de cruzar con Nito Artaza. “Sí”, me devuelve Juan, otro de los cuidadores. “Pero no queremos que lo hagan con los visitantes. No lo fomentamos. Los loros desarrollan la capacidad de imitar sonidos pero para defenderse de otros animales”.


Trepados a los árboles, varios guacamayos agitan sus alas como si estuvieran en un pequeño Amazonas, una selva bonsai. “Para darles de comer, los llamamos tocando una campana”, me explica Matías. Lo hace. Los pájaros se juntan. Les acerco al pico pedacitos de banana, choclo y maní. “No te van a picar”, me tranquiliza Celina, también del staff. Los guacamayos son azules y amarillos. Y rojos. Me gustan mucho más los rojos. No sé, no sabría explicarlo.


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